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Los efectos psicológicos de los abusos sexuales en menores

Babushka
Cuando nos preguntan quién somos, muchas veces nuestra respuesta no es un listado de adjetivos o nombres, sino que contamos una historia. Esta historia está conformada por las experiencias que vivimos, las relaciones que establecemos, la educación que hemos recibido de casa, en la escuela, las actividades extraescolares, etc. Interactuamos con el mundo, y desde estas interacciones extraemos aprendizajes, conocimientos, creencias y básicamente un mapa de cómo entendemos y como creemos que funciona el mundo. Todos a lo largo de esta historia, tenemos capítulos más oscuros, o que desearíamos no haber vivido, sin embargo, forman parte de nosotros.

Cuando se nos pregunta a los profesionales de la salud mental sobre los efectos psicológicos que pueden experimentar los niños que han sido víctimas de abusos sexuales, no podemos responder sino señalando la alta variabilidad de los mismos en uno u otro niño. Los efectos de los abusos pueden abarcar desde la muerte o graves traumas de la víctima y algunos miembros de su familia, hasta, en el otro extremo, una mala experiencia de la que la víctima y la familia se recuperan rápidamente. Estos efectos, por otra parte, pueden ser a corto plazo o durar toda la vida. Por lo tanto, observamos que las diferencias son tales que no es posible hacer generalizaciones. En algunos casos, la familia reacciona adecuadamente y no se descompensa, mientras que en otros, es la familia la que necesita más ayuda.

Estos efectos pues, dependen de numerosos factores como el tipo de agresión, la edad del agresor y de la víctima, el tipo de relación entre ambos, la duración y la frecuencia de la agresión, la personalidad del niño agredido, la reacción del entorno, el apoyo que ha recibido la víctima, etc, generando a su presencia, ausencia o combinación entre ellos, consecuencias muy diferentes.

Sin embargo, para que se tenga una idea clara de la repercusión y del daño psicológico real que causan estos sucesos en las víctimas a corto plazo, puede ser útil mencionar algunos datos estadísticos recogidos este último en 2014.
Según indican las investigaciones, parece ser que de todos los menores que sufren abusos sexuales de entre el 60 y el 80% aproximadamente se ven afectados psicológicamente en diferente grado, y de éstos, entre el 17 y el 40% manifiestan síntomas clínicos importantes después de la agresión. Por el contrario, de un 20 a un 30% de los menores víctimas de abuso sexual logran continuar con su vida cotidiana sin cambios significativos.

Teniendo ya en cuenta la función reveladora de estos datos y dejando de lado dicha variabilidad individual, los efectos psicológicos que mayoritariamente se aprecian en los niños a corto plazo se refieren a sentimientos intensos de desconfianza (que podría derivar en relaciones personales conflictivas ), miedo, hostilidad o agresividad (hacia el agresor principalmente pero quizás incluso hacia la misma familia), vergüenza, ansiedad (hipervigilancia), asco, marginación (sintiéndose diferente al resto de niños), culpa, etc.

Por otra parte, si bien los efectos a largo plazo son más difíciles de estudiar por la influencia de otra serie de factores (relacionados o no con los propios abusos sexuales), diferentes estudios coinciden en hablar de secuelas psicológicas serias en la edad adulta.
En estos casos, puede ser frecuente que las víctimas experimenten sentimientos de estigmatización, aislamiento, marginalidad y pérdida, afectando notablemente y de forma consecuente, a su autoestima y autoconcepto, aumentando así la aparición de síntomas o trastornos de personalidad.

En relación a los trastornos del estado de ánimo, sabemos que la depresión es la patología más claramente relacionada con los abusos sexuales así como también se demuestra que los que sufrieron abusos en la infancia tienen más probabilidades de desarrollar trastornos depresivos en el etapa adulta (en los casos más severos podrían producirse intentos de suicidio o suicidios consumados). Con frecuencia la víctima también podría desarrollar trastornos de ansiedad, en ocasiones generando síndromes de estrés postraumático de tipo crónico, tensión, dificultades en los hábitos alimenticios, ansiedad generalizada, fobias sociales, etc.

Las problemáticas de tipo relacional y sexual, también están asociadas con mayor frecuencia en este tipo de traumas infantiles. En las relaciones interpersonales puede ocurrir que la víctima sienta hostilidad y desconfianza hacia personas del mismo sexo que el agresor, y en relación a los comportamientos sexuales futuros, teniendo en cuenta que el ámbito íntimo queda alterado, que la persona tenga dificultades para relajarse y disfrutar de la actividad sexual. Otras problemáticas sexuales como por ejemplo la anorgasmia, el vaginismo o la aversión al sexo, más comunes en víctimas femeninas, así como parafilias, explotación sexual, promiscuidad, etc., son también características en determinados casos. Igualmente serían destacables la presencia de algunas conductas de riesgo como el abuso de sustancias o conductas autolíticas.

Observando aún los posibles efectos psicológicos en los menores víctimas de abusos sexuales pero en este caso desde un punto de vista puramente cronológico, sabemos que varios estudios hacen enmienda en función de su momento evolutivo.
En la primera infancia o preescolar son especialmente importantes los efectos físicos, ya que a nivel psicológico a los niños de esta edad están parcialmente protegidos por su limitada comprensión del alcance de la violencia que hayan sufrido. A esta edad aparece irritabilidad, problemas en el sueño, estado de ánimo emocional distímico, miedos, regresiones en los hábitos y el lenguaje.
En la edad escolar los niños podrían presentar dificultades para desarrollar la empatía y las habilidades cognitivas propias de esta edad como por ejemplo aprender a regular sus propias emociones. Los principales efectos se manifiestan en dificultades de adaptación en el ambiente escolar y en las relaciones entre iguales.
En la adolescencia, será más habitual que aparezcan síntomas internos como la ansiedad, la depresión y la afectación a la autoestima y los síntomas externos como las conductas de riesgo (fugas de casa, conductas autolíticas, agresividad o delincuencia, conducta sexual prematura, etc). A esta edad los adolescentes que han sufrido abusos y no lo han podido gestionar con la correcta ayuda adulta, corren el riesgo de desarrollar conductas violentas con otros miembros de la familia, compañeros o profesores.

Dicho esto, teniendo en cuenta pues los efectos psicológicos que pueden derivarse generalmente en la víctima a consecuencia de una situación de abuso sexual, resulta lógico comprender que se trata de una situación altamente estresante y amenazante para el niño víctima del abuso y que por lo tanto, esta experiencia vivida afectará inevitablemente en el mapa que el niño se creará para entender el mundo. De todos modos, como ya se ha indicado, haber sufrido un abuso sexual en la infancia no nos condena a un futuro complejo y oscuro sin remedio. Evidentemente, recuperando la metáfora de la historia y los capítulos oscuros, las personas también vivimos muchas experiencias que pueden contrarrestar los efectos adversos de estas vivencias. Experiencias emocionalmente correctivas, o sanas, que obligan a la persona a reconfigurar sus esquemas o su construcción de la realidad. Es muy importante tenerlo en cuenta, ya que de estas experiencias es de donde podemos extraer las potencialidades y los recursos que tiene la misma persona y que nos pueden ayudar a trabajar y curar las heridas psicológicas provocadas por el abuso.

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Además, hay que tener en cuenta otra variable, que los expertos llamamos la resiliencia. Este concepto hace referencia a capacidad intrínseca a la persona a hacer frente, resistir y superar agresiones continuadas. Esto varía de una persona a otra y esta capacidad también incrementa con las relaciones sanas y de confianza que tenga la víctima en el momento de sufrir el abuso.

Así pues, es importante señalar que en los casos donde las víctimas y las familias no sean capaces de gestionar por sí mismas la situación, presentando evidentes síntomas clínicos y dificultades importantes para recuperar su vida cotidiana de manera eficaz, resulta imprescindible que consulten a los profesionales de la salud mental a fin de recibir la ayuda terapéutica y los apoyos especializados correspondientes, así como el tratamiento adecuado y específico para cada niño o familia.

Una vez más, insistiríamos en la necesidad de aplicar programas de prevención a todos los niveles educativos, porque las víctimas son muchas, buena parte de ellas no lo comunican y no reciben ayuda, las familias no suelen informar adecuadamente y los efectos negativos pueden llegar a ser importantes. Por ello, parece evidente que es necesario hacer intervenciones con toda la población de menores, a fin de evitar que se produzcan los abusos, y, cuando esto es imposible, conseguir que lo comuniquen y reciban ayuda. Desde este punto de vista, la escuela es la única institución que puede garantizar que esta ayuda llegue a todos los menores de forma reiterada y sistemática.