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EL PODER DE LAS PALABRAS: LAS ETIQUETAS.

Durante la primera sesión con un niño siempre dedico un rato a conocernos. Le pregunto si sabe quién soy, si sabe porque ha venido, qué cosas le gusta hacer, como se autodescribe, etc.

Durante este rato la mayoría de niños y niñas dicen alguna frase como las siguientes: “me han traído aquí porque soy malo, porque soy vago, en la escuela me dicen que soy tonto, soy mentiroso, no paro quieto, soy una pesada, etc.”

Tendríamos que prestar más atención a nuestras palabras cuando hablamos con los niños o delante de ellos. Tenemos que evitar las etiquetas, ya que los niños se las creen y se las hacen suyas.

Es importante pensar antes de hablar para intentar no herir innecesariamente a los demás con nuestras expresiones. No somos del todo conscientes que las palabras poseen un gran poder, por eso es tan importante reflexionar y esforzarnos en buscar las palabras que expresen realmente aquello que queremos transmitir.

La mayoría de etiquetas las ponemos de manera inconsciente, pero si los padres y los amigos no paran de repetirlas, el niño (de manera inconsciente también) se esforzará cada día en demostrar que tienen razón. Se acabará creyendo tanto las etiquetas que los demás le habrán puesto que solo sabrá comportarse de esa manera. Las etiquetas limitan su comportamiento, lo encasillan. Los niños acaban amoldándose a esa casilla en respuesta a las expectativas que los demás han puesto sobre él.

Un niño no es malo, sino que su comportamiento es malo.

Un niño no es vago, sino que a veces le cuesta hacer las cosas.

Un niño no es tonto, a veces tiene más dificultades en el ámbito académico, por ejemplo.

No son malos, vagos, tontos, pesados, desordenados, mentirosos… sino que en este momento están actuando así. Tenemos que cambiar nuestro discurso y hacer referencia a la conducta, no al niño: “la habitación está muy desordenada, hoy no paras de quejarte, no me gusta que no hagas caso a la maestra…”

Todos hemos llevado o llevamos alguna etiqueta encima. A veces es complicado quitársela ya que con el paso del tiempo nos acostumbramos a llevarla. Pero es faena de todos dejar de categorizar i de etiquetar a la gente. I sí, nos puede parecer difícil, porque ya tenemos unos hábitos adquiridos, estamos acostumbrados a hablar y a expresarnos de una determinada manera, pero con esfuerzo y práctica podemos encontrar nuevas maneras de expresarnos para finalmente conseguir el objetivo de hablar de una manera más adecuada.

Si queremos ayudar a edificar una correcta autoestima y un buen autoconcepto en los niños tenemos que dejar de subestimar el poder de nuestras palabras.

Montse Grau

Psicóloga infanto-juvenil de Psigma